Alimentos genéticamente modificados: ¿garantía de seguridad alimentaria?

Alimentos genéticamente modificados: ¿garantía de seguridad alimentaria?

A propósito de una polémica reciente, este repaso balanceado y bien documentado de los pros, los contras y las condiciones que deberían rodear el uso de los alimentos modificados por métodos genéticos.

En 2004, se calculaba en cerca de 800 millones el número de personas en el mundo sin acceso físico ni económico a los alimentos básicos; en 2005 se hablaba de 850 millones; y en 2009, se estimaba que había 1.020 millones de personas subnutridas en el mundo. 

Para hacer frente a este problema, hace algunos años se presentaron los alimentos genéticamente modificados (AGM) como la gran solución para los países en vías de desarrollo, y se habló de sus bondades para aliviar los problemas de salud alimentaria. 

Algunos ejemplos de las bondades son el maíz genéticamente mejorado con altas concentraciones de vitaminas como Lisina y Metionina, la posibilidad de diseñar alimentos transgénicos para segmentos específicos de la población (para jóvenes, ancianos, mujeres embarazadas e individuos alérgicos) y las semillas modificadas con aportes suplementarios de beta-caroteno, un precursor de la vitamina A. 

Esta última es la propuesta del “arroz dorado” (golden rice), producido por los laboratorios Syngenta y la Fundación Rockefeller, y ofrecido para aliviar las deficiencias nutricionales en Asia. Sin embargo, diversas controversias se han suscitado a partir de los beneficios del arroz dorado y otros alimentos transgénicos. 

Aunque algunos estudios sugieren que los AGM no ofrecen riesgos aumentados para el consumo humano demostrables empíricamente a la fecha, otros llaman la atención sobre las dificultades de una estrecha vigilancia posterior al consumo y sobre la necesidad de evaluar, caso por caso y de forma amplia, la seguridad de cada producto antes de que este se ponga en el mercado. 

Igualmente persiste el temor sobre las posibilidades de una difusión horizontal de resistencia a antibióticos que pueda afectar a otros organismos y al ser humano como consumidor final, y la posibilidad de desplazamiento de genes provenientes de AGM a especies silvestres o cultivos convencionales. (Un panel de expertos de FAO-OMS ha incentivado recientemente el uso de tecnología sin genes de resistencia a antibióticos. Su informe puede consultarse aquí). 

Algunos afirman que las semillas transgénicas pueden ser resistentes a plagas y herbicidas y, por lo tanto, libres de los efectos de pesticidas sobre los suelos y las fuentes de agua. Sin embargo, sus críticos, en la otra orilla, recuerdan que es necesario garantizar que estos AGM, enriquecidos con vitaminas, hierro y, en el futuro, con compuestos farmacéuticos, se mantendrán por fuera de la cadena alimentaria. Otros críticos consideran que la cantidad de beta-caroteno presente en el arroz dorado es insuficiente para compensar las deficiencias alimentarias. 

Además de los potenciales riesgos o beneficios de los AGM para la salud humana, existe una gran preocupación por los riesgos ambientales que su introducción masiva puede ocasionar: desde los efectos de la transferencia genética a partir de organismos transgénicos a las especies nativas, hasta los efectos sobre la microflora de los suelos, los desequilibrios medioambientales y la amenaza a la biodiversidad, bajo la presión de la eficiencia en las prácticas estandarizadas de agricultura. 

En Colombia, el debate se encendió en medio del paro nacional agrario, donde se criticaban el modelo económico adoptado por el gobierno colombiano, los resultados de los Tratados de Libre Comercio, la producción y uso de semillas certificadas y los controles fitosanitarios en los procesos de siembra en el país; particularmente, a partir de la controversia suscitada por el documental 970, de Victoria Solano. 

El mismo debate se ha producido en otras latitudes, alrededor de los alimentos genéticamente modificados y las prácticas monopólicas de empresas de biotecnología como Monsanto, Syngenta y Dupont, y ha generado una fuerte disputa entre sus promotores y la crítica proveniente de filósofos como Mark Lappe, Vandana Shiva o Ben Mepham, y de movimientos como Greenpeace o Action Aid Brazil.  

El problema no es científico sino político

Sobre estas preguntas existen diferentes perspectivas que involucran aspectos técnicos que están sujetos al debate contemporáneo; pero existen otros problemas que escapan a la experticia científica y que hacen referencia a problemas de justicia global, equidad y soberanía alimentaria. 

Proponer alimentos enriquecidos genéticamente con precursores de vitaminas o micronutrientes puede ser -en ausencia de riesgos comprobables para el consumo humano o el medio ambiente- una iniciativa provechosa para los consumidores y una posibilidad, entre muchas otras, de combatir la inseguridad alimentaria; pero ofrecer la promesa de que a través de los AGM se lograrán superar los profundos desequilibrios en la seguridad alimentaria global es una perspectiva miope. 

Claramente, las causas del aumento en la malnutrición global y las hambrunas obedecen a múltiples problemas sistémicos que no se alivian con la puesta en el mercado de un alimento transgénico. 

Entre estas causas se encuentran: la volatilidad de los precios de los alimentos, la utilización de cereales para la producción de biocombustibles, la corrupción de gobiernos locales, la privación de capacidades básicas, la ausencia de derechos económicos, las catástrofes naturales -como las sequías locales o inundaciones-, la ausencia de mecanismos o programas políticos que garanticen la protección de derechos fundamentales, las guerras intestinas, las limitaciones en la distribución de alimentos y la pérdida de la soberanía alimentaria. 

Las condiciones de vulnerabilidad -entendida esta como una situación de indefensión e inseguridad- seguirán atizando el problema de hambrunas recurrentes -como la hambruna de 2011 en el Cuerno de África- y retrasando la posibilidad de alcanzar los Objetivos del Milenio, propuestos por la ONU para el año 2015, si no hay inversión en agricultura, gestión sostenible de los recursos naturales, estabilidad política, construcción de capacidad y soberanía comunitaria sobre la gestión de los recursos. 

Las hambrunas no son llanamente una consecuencia lamentable de los desastres naturales. Como lo ha afirmado Harold Segura, una cosa son los fenómenos, y otra, las catástrofes naturales. Un desastre natural, en una población vulnerable (como lo fue el terremoto de 2010 en Haití, o la plaga de la patata en la década de 1840 en Irlanda), multiplica inmediatamente las formas de la miseria, pues tras la contingencia, los afectados no cuentan con mecanismos políticos o rentas que puedan aliviar las necesidades fundamentales y proteger los derechos económicos de la población. 

En muchos casos, escasamente permanece entre los indefensos el resorte moral o la resiliencia para sobrevivir tras una plaga o una sequía. Como lo expresa Amartya Sen: “Es la indefensión general de los más pobres, unida a las desgracias provocadas por los cambios económicos, la causa de las víctimas de la grave inanición”. 

¿Son entonces la solución?

Cabe preguntarse si la producción de hectáreas cultivadas con AGM puede ser la solución para un problema en el que no es el número de hectáreas cultivadas el único inconveniente. Es evidente que el problema no se limita a la producción de alimentos, -aunque este es uno de los aspectos críticos-, sino que la perspectiva debe ampliarse hasta el acceso global a los alimentos y a la promoción de la soberanía alimentaria en las comunidades. 

Por el contrario, la larga disputa sobre la generación de patentes y la conformación de monopolios alrededor de los AGM obliga a preguntarnos si es este el mecanismo para superar los problemas de malnutrición global. 

Dennis Cooley llama la atención sobre las alternativas en torno a los propósitos del arroz dorado: los mismos resultados dietarios se pueden alcanzar “fortificando el arroz blanco con vitamina A, o aún más frugalmente, diversificando los productos alimenticios que crecen en el área”, lo cual se puede traducir en la necesidad de mínima inversión extranjera, una ingesta más generosa de micronutrientes y un mayor impulso a la participación comunitaria. 

Antes de invertir grandes cantidades de recursos y expectativas en alimentos transgénicos, es necesario abordar otras alternativas que han demostrado su utilidad para la seguridad alimentaria, como son: la eficiente distribución de recursos, la educación, el empoderamiento de las mujeres en sus comunidades, la inversión en infraestructura para facilitar el transporte de alimentos, la reducción de barreras al comercio para los productos comunitarios, entre otras.

No obstante, proponer la abolición de toda práctica biotecnológica en la agricultura y la producción de alimentos, así como satanizarla, es también una insinuación corta de vista. No es prudente, en aras de cualquier forma de militancia, desconocer las enormes posibilidades de las biotecnologías, muchas de las cuales son una realidad ostensible, particularmente cuando otras alternativas no siempre están a la mano, ni son de fácil implementación. Perseverar en esta disputa, es perseverar en un falso dilema.

No existe objeción racional frente a la expansión responsable de los AGM, si se pueden garantizar, como inamovibles, todas estas condiciones: 

  • Si se logra probar, caso por caso, de forma suficiente, en el laboratorio y de forma controlada en los campos, la inocuidad de los AGM tanto para el ambiente, la biodiversidad y el consumo humano;
  • si su introducción no afecta de forma negativa las prácticas tradicionales de agricultura, los precios de los alimentos y la soberanía alimentaria de las comunidades;
  • si su producción, distribución y beneficios no quedan concentrados en los graneros del monopolio, sino que, por el contrario, permiten el crecimiento y la construcción de capacidad de las comunidades en los países en vías de desarrollo;
  • si su introducción no desplaza las formas tradicionales de agricultura, ni promueve la estandarización de monocultivos útiles para el mercado a expensas de la biodiversidad y las necesidades locales;
  • si podemos superar la práctica de ofrecer cada nuevo avance tecnológico como la panacea para problemas complejos que descansan sobre variables culturales, sociales, económicas y políticas que escapan al discurso de la experticia tecnocientífica. 

Si, por el contrario, estas condiciones, como inamovibles, no pueden ser garantizadas, no existe fundamento racional para justificar la normalización de los alimentos genéticamente modificados en nuestros países. 

Boris Julián Pinto Bustamante

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